sábado, 30 de julio de 2011

La muerte del amor

Quizás sea una segunda invocación.

Creo que la idea que tenía del amor ha madurado, y ha madurado tanto que cayó del árbol y se pudrió.

Hace tiempo había abandonado la idea del amor visceral, inocente y eterno de los adolescentes, y lo había reemplazado por un amor más racional, más humano, al fin, más "adulto". Un fracaso total. No pude decirle al corazón qué hacer y cómo actuar, si es que existe algo que pueda llamarse "corazón", claro. O le pude decir, pero no aceptó la orden y nos peleamos, nos distanciamos, al punto de volvernos unos completos desconocidos.

Creo que el amor murió aquel día que entré en el mercado de vanidades. Bah, yo lo maté, porque yo quise entrar. Ese día, también, murió la poca inocencia que quedaba en mí. Desde entonces, el amor se convirtió en una excusa para tener sexo. Pero no una excusa personal, sino la gran excusa de la humanidad para hacer soportable y medianamente humano un acto animal.

Extraño el amor. En realidad, extraño "enamorarme". Extraño tener ganas de ver a una chica y querer abrazarla. Y querer besarla. Y querer tenerla toda la noche entre mis brazos. Creo que para lo único que sirvo es para "enamorarme". Esas pocas semanas de pasión y locura. Pero también sé que eso dura poco y después aburro y me aburro.

Ya está. Murió. Tengo que aceptarlo. No quiero vivir con la fantasía de la "mujer destinada a mí". Tal mujer no existe. Tampoco quiero ser pesimista y pensar que voy a morir solo, aunque sería lo justo por haber perdido la esperanza en el amor. No. No voy a morir solo. Seguramente voy a encontrar una buena mujer que me haga feliz y me aguante. Y espero que me quiera y me ame a su manera. Pero yo sé que, por mucho que la quiera, yo no voy a amarla. Porque maté el amor. Voy a hacer todo lo posible por hacerla feliz. Sí. Pero no porque la ame, sino por devolución de favores, por hacerme feliz. Tampoco pienso que sea triste el destino de la mujer que comparta mi vida sin ser amada. Hay destinos más oscuros.

Esta noche, entierro el amor en lo más profundo del olvido y me dedico a vivir sin esperanzas. No se preocupen. No veo este ritual como un negro final, sino como una etapa superadora, una etapa necesaria de maduración. Al final, de eso se trata, de madurar. Creo.

jueves, 28 de julio de 2011

La democracia y los muertos

"Sigo siendo el demócrata de entonces. Ya sin chinches ni piojos ni pulgas; ya sin ratones que me caminen por la cara; ya sin hambre y hasta sin apetito y con mucho tabaco, pero sigo siendo el demócrata de entonces, y no diré sobre nuestro Lager ninguna palabra que no esté aprobada por los del Lager. Por los vivos y por los muertos. Porque en la verdadera democracia es necesario tener en cuenta también a los Muertos."

"Prólogo a un diario clandestino", Giovanni Guareschi, diciembre de 1949.
http://orsai.es/blog/n3/guareschi/

viernes, 6 de mayo de 2011

Tu cabeza está llena de ratas.

No es nada personal.

Vamos. No hace falta ser un maldito genio para darse cuenta de tu xenofobia y de la xenofobia en la ciudad. Mi ciudad. Ciudad que amo tanto, pero que, de vez en cuando, demuestra lo peor de sí. Como ésta.

No me vengás con eso de que "no es un presidente argentino", porque no te lo creés ni vos. O quizás sí. Porque yo sé que mi cabeza está llena de ratas. Y sé de qué color son. Y sé de dónde salieron y hacia donde van. Pero vos ¿lo sabés? ¿Sabés cuándo se te metieron las ratas? ¿Sabés quién te las metió?

Porque (ok, lo acepto) yo peco de soberbio. De superado. De tipo que puede criticar a todos y criticarse a sí mismo sin compasión. Pero vos ¿lo hiciste alguna vez? ¿Siquiera sabés de lo que estás hablando? ¿O repetís lo que ves en la tele, escuchás en la radio o te cuenta tu vieja?

Ojo, no creo que pensar diferente a mí esté mal. No. Lo que me molesta es que tengas una postura que NO podés argumentar. Es como que alguien cortó y pegó en vos lo que pensaba. ¿Y sabés porqué no podés argumentar? Porque no hay argumentos, en el fondo sólo hay xenofobia y racismo.

El problema no es que "sea un presidente de otro país" porque ni siquiera te importa el propio. ¿O me vas a decir que no te molestaste cuando le pusieron el nombre de la Presidenta al parquesito? ¿O cuando colocaron el cartel del ex-presidente en la entrada del Dakar? No. El problema es que es el presidente de Bolivia, un boliviano. ¡Y para colmo es indígena! ¡Y la estatua de un indio boliviano en Argentina, a la vuelta de tu casa, es inconcebible!

Por que los argentinos somos mejores personas que los bolivianos. ¡Somos hijos de europeos, joder! Por eso nos enorgullecen nuestros apellidos y no nos molesta la plazoleta San Marino. Y no nos importa que nuestros padres y abuelos hayan venido de las regiones más pobres de Europa. Aun siendo campesinos son mejores que estos indios latinoamericanos que vienen a robarnos el trabajo, vienen a vivir del Estado y (¡para colmo!) ponen una estatua de SU presidente en MI Argentina.

¿Porqué de pronto te brota el nacionalismo? Bah, si podemos llamarle nacionalismo a esa xenofobia que se olvida incluso del Preámbulo de la Constitución. Ese mismo nacionalismo que mira la boda de un zángano anacrónico de un Estado que nos robó unas islas.

No, no te brota el nacionalismo. Te brota el racismo. La xenofobia por un hermano, en definitiva. Un hermano con quien compartimos una cultura (obviamente esto también olvidamos): las comidas, la música, la lengua, los paisajes, hasta la historia. Pero, claro, eso vos no lo sabés y quizás ni te importe. Porque la única historia que conocés es la que cuenta la gente del Norte. Porque te gusta mirar hacia el Norte, ese mismo Norte que nos trata como vos lo tratás a los bolivianos.

No sé, pensálo. Lo único que nos separa es una línea, imaginaria, que otros han puesto y que vos insistís en remarcar. Esos otros que te llenaron la cabeza de ratas, te cuento.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Sobre regalos de cumpleaños.

No recuerdo todos los regalos de cumpleaños que recibí a lo largo de mi vida.
Tengo mala memoria... o memoria selectiva. Ella sólo retiene aquella información que considera importante o que se relaciona con algo más importante. Y no es que considere que los regalos, en sí, sean poco relevantes, sino que considero que mi día de cumpleaños no entraña ninguna magia. Como cualquier día del año, es intrascendente.
La cuestión es que recuerdo muy poco los regalos que me hicieron, a menos que me recuerden otra cosa.

Por ejemplo, creo que fue en mi cumpleaños del 2003, después de cortar con mi novia de aquél momento (en octubre, creo), que ella me regaló un llavero. Pero no era un llavero cualquiera. Era un dibujo que le había enseñado unos meses antes, en mi carpeta de la facultad, cuando le conté sobre las historias que me gustaría escribir. Un ojo tallado en metal, el regalo más personal de mi vida. Aun lo llevo.

También recuerdo un regalo que me hizo mi vieja, un reproductor portátil de discos compactos. Era como un Winco en plena era del iPod, pero me hizo feliz en ese momento de mi vida. Iba a poder escuchar música mientras viajaba a la facultad. Corría el mes de noviembre del año 2005. Un mes antes había muerto mi viejo.

Uno de los últimos regalos que recuerdo es del 2008. Bah, ni siquiera recuerdo el regalo. Recuerdo el día. 15 de noviembre, mañana de sol y calor insoportable en Jujuy. Me despierta mi ex-novia (habíamos cortado en octubre), en mi habitación, con unos chocolates en la mano, creo. Mi vieja la había hecho pasar. Se acuesta por unos momentos junto a mí. Me regala unos besos. No quiero aprovecharme de la situación, no sé porqué. Meses después me contaría que había ido a regalarme su cuerpo, pero sin amor. Quizás por lástima. Seguramente por lástima. Antes del almuerzo, ya se había ido. Esa misma siesta, se desataría la tormenta de granizo más violenta que haya visto hasta el momento.


Estos regalos no sólo me recuerdan los malos momentos pasados, si no también los buenos siguientes. Disculpen los que me hicieron regalos durante mi vida y no fueron recordados. Más que las cosas materiales, lo que me queda es la esperanza. Si me regalaron aunque sea un poquito de ella, gracias.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

La lista

Desilusión.

Cuenta la leyenda que en un momento de mi vida, tratando de olvidar a una ex-novia, hice una lista de las características que debía reunir una chica para que fuera "la mujer de mi vida". Obviamente, este listado se derivaba, por la vía negativa, de algunas de las características de la chica que intentaba olvidar. Creo también que era una descripción un tanto (o muy) idealizada de mí mismo.
También cuenta la leyenda que con el tiempo esta lista, que no fue escrita en ningún lugar, se perdió en los laberintos de mi cerebro y de pronto me encontraba cometiendo los mismos errores del pasado. En un intento de recuperar de mi memoria aquellas características de la que sería la "mujer de mi vida" y agregar otras, es que reedito la legendaria lista:

Unos lindos, profundos y sinceros ojos: condición excluyente. La "mujer de mi vida" me enamora con la mirada y me habla constantemente por sus ojos. No debe ocultar su mirada, ni temer la mía. Tampoco pido colores espectaculares, amo los ojos oscuros.
Inteligencia: y no hablo de una doctora en física cuántica. Quiero una chica que tenga un par de ideas en la cabeza (aunque no las compartamos), que no compre todo hecho. Que tenga argumentos para discutir y que sepa distinguir entre una discusión y una pelea. Que hable de cosas interesantes y que encuentre el interés en las cosas simples. Que le apasione "algo" y que me contagie su pasión por "eso".
Humor: una chica graciosa es una chica inteligente, pero además debe poder manejar (o en su defecto, soportar) todos los tipos de humor, desde el absurdo hasta el negro. Es más, no debe tomarse las cosas TAN en serio (exceptuando, obviamente, los compromisos) y debe verle el lado amable a los momentos más negros de la vida.
Una perspectiva positiva: todos tenemos nuestros días de mal humor y la "mujer de mi vida" es humana. Pero la quiero ver sonreír y brillar la mayor parte del tiempo. Y aun en sus días oscuros quiero verla intentar brillar aunque le cueste. Le tienen que gustar las luces y los colores aunque no los vista o los use.
Música: tiene que amar la música. No tiene que cerrarse en un estilo o en una época. No tenemos que compartir necesariamente gustos musicales. Debe estar abierta a nuevos sonidos y encontrar la música en cualquier ruido. Tiene que gustarle cantar, sola y/o conmigo, aun en público.
Cine: tiene que conocer un poco del séptimo arte. No quiero una erudita en el tema, sino simplemente una compañera de salidas al cine, que vea por igual películas románticas y de acción. Además tiene que ser crítica de los gustos propios y ajenos.
Humildad: no debe ser orgullosa ni vivir a través de las cosas materiales. Debe saber que el orgullo no conduce a ningún lado y que no existe nada mejor que entregarse por completo aun cuando uno se arroja al vacío. Y debe saber disfrutar de la vida con muy poco, con lo que lleva puesto, con lo que tiene en los bolsillos.
Sexo: sí, lo sé. No es lo más importante de la vida, pero es lo más divertido. Debe gustarle tocar y ser tocada, no tener dramas de hablar sobre el sexo largo y tendido (en todo sentido). Fantasear todo el tiempo y excitarme hasta el cansancio.
Y por último, pero para nada menos importante, debe amar sin límites ni condiciones. Debe dejarse invadir completamente sin preocuparse por el futuro abandonando cualquier juego infantil o pose fría. Debe amar con madurez como niña. Debe comprometerse eternamente aun sabiendo que no llegará a vivir por tanto tiempo. Y debe cumplir ese compromiso con el corazón y la razón.

No voy a pecar de ingenuo. Sé que pido mucho. Sé que no existe una mujer que reúna las características de la legendaria lista. Y, aun cuando existiera, no está destinada para mí. Es más, si encontrara a la "mujer de mi vida" seguramente la dejaría ir por idiota.
Lo que no cuenta la leyenda es que alguna vez tuve a la "mujer de mi vida" y ésta es su descripción.
Tampoco cuenta como la dejé ir por la mujer que quise olvidar con la legendaria lista.

sábado, 18 de septiembre de 2010

La playa


Una playa.
Arenas blancas. Agua cristalina. El cielo, celeste claro. Palmeras de hojas verdes. Una pequeña bahía rodeada de cabañas. Ella baja por la rústica escalinata de madera de una de las cabañas. Lleva una bikini naranja y un pareo del mismo color. Se sube a una de esas motos acuáticas que se encuentra flotando en la playa. Me da la espalda, pero, al momento de arrancar, gira su cabeza y la reconozco. Es la cantante que estuve escuchando en las últimas semanas. La reconocí por esos hermosos ojos fuertemente delineados.

El interior de una cabaña.
Estamos solos. Ella está acostada en una gran hamaca tejida colgada de dos columnas de la cabaña. Yo, sentado en la hamaca, inclinado sobre ella. La miro directamente a los ojos, esos ojos fuertemente delineados. Lleva una bikini y un pareo celeste claro, como el cielo de la playa. Hablamos y ella sonríe constantemente. No puedo besarla, pero logro tocarla. Ella sigue sonriendo y hablando.

La despedida.
La misma cabaña, llena de gente. De sus hermosos ojos, ahora sin delinear, brotan tristes lágrimas, mientras se despide de la gente. Ella se dirige hacia mí y una mujer a mi lado, su representante me dice: "¿sabés de cuántos chicos como vos se enamora en cada viaje?". No puedo evitar sentir el dolor de su pérdida en el pecho. La abrazo y le doy un beso en la mejilla. La tristeza en sus ojos me fulmina. "Está todo bien", le digo. No está nada bien. La pierdo. Ella sigue despidiéndose. Le digo a su representante: "Lo hice por ella". No entiendo porqué. Todo se desvanece.

Me despierto.
Fue todo un sueño. Ella está a millones de kilómetros de mí y yo, en mi habitación. Pero no puedo evitar querer estar en aquella playa... junto a ella.

jueves, 29 de julio de 2010

"Matar a la yegua"

Esta semana participé de una discusión con un grupo de amigos en una red social. Cómo comenzó y cómo terminó no me interesan en estos momentos, pero una frase dicha por una gran amiga (a la que quiero mucho y que, a pesar de estar escribiendo esto, no quiero que piense que cambia en algo el gran cariño que siento por ella) me entristeció mucho: "matar a la yegua".
En ese momento, si bien me impactó la triste frase, no le presté demasiada atención y continué discutiendo. Sin embargo, desde aquél momento la tengo dándome vueltas en la cabeza y ésta es una forma de expresar todo lo que pienso de la frase.
Primero, llamar "yegua" a la mujer elegida como Presidenta por la mayoría de los argentinos es terriblemente violento y degradante para el género femenino. No sólo nos representa como argentinos, como consecuencia del sistema democrático republicano de representatividad, sino que representa a la mujer argentina y la posibilidad de liderazgo femenino en nuestro país. Reducir a la Presidenta al papel de simple títere de su marido, de "yegua", de "vieja puta" (o "puta" como también le decían a Eva Perón casualmente) con sus vestidos y carteras caras, y sus operaciones estéticas y sus implantes de botox, es negarle a cualquier mujer la igualdad frente a los hombres. Es pensar de acuerdo al machismo imperante que restringe a las mujeres al espacio privado de las tareas domésticas, de la familia; porque en el momento en el que ocupan la escena pública se transforman en mujeres públicas, en "putas", en "yeguas". O es pretender que la mujer pública se masculinice, deje de ser y sentirse mujer, deje de usar vestidos y carteras, deje el botox y las cirugías, y se convierta en un hombre porque "sólo ellos pueden hacerse cargo el poder".
Uno puede entender esas palabras de un hombre, atrapado en un machismo "inherente", pero escucharlo de una mujer es doblemente degradante y violento: para quien se refiere y para ella misma.
Segundo, "matar a la yegua" representa para mí lo más reaccionario e intolerante de la sociedad argentina. Todo aquello que yo había pensado que había quedado atrás, en el pasado, en la última dictadura, pero que tristemente sobrevive. Alguna vez me he definido como kirchnerista, no por acompañar y defender irracionalmente a la pareja presidencial, sino porque mis convicciones suelen coincidir con las políticas propuestas por el actual y el anterior gobierno de los Kirchner. Puedo entender (y comprender, en cierto sentido) a aquellas personas que están enfrentadas política o ideológicamente al actual gobierno y su gestión. O de aquellas personas que no están para nada contentas (y quién podría estarlo???) con los negocios que supuestamente hacen los Kirchner y su entorno con la cosa pública. Hasta puedo entender cierto odio pasional de ciertos grupos sociales que ven limitados sus privilegios por ciertas políticas de gobierno. Lo que no puedo entender es que, en nombre de esa diferencia política-ideológica, de la corrupción, de ese odio ciego, se haga tan livianamente una apología de Golpe de Estado.
Menos en nuestro país, donde la democracia nos ha costado mucho. Nos ha costado la entrega de nuestras riquezas al peor postor. Nos ha costado el terror y la eliminación de los lazos de solidaridad por la actual y tan propia indiferencia argentina. Pero, por sobre todo, nos ha costado 30.000 vidas, toda una generación de jóvenes que, de una forma u otra, dieron su vida para que nosotros vivamos en democracia. Es por ellos que no puedo dejar pasar frases tan tristes como "matar a la yegua", como "por menos derrocaron a De La Rúa", o la tristemente célebre "con los militares estábamos mejor".
Y es por ellos y por sus vidas que debemos defender la democracia, mas allá de nuestras diferencias políticas, ideológicas o emocionales.

domingo, 13 de junio de 2010

Ensayo sobre el amor Nº 1

Éste quizás sea un acto de invocación...

Bueno, en realidad, intentaré de definir lo que yo entiendo del amor. Lo numeré al ensayo porque imagino que no agotaré el tema con unas pocas líneas y con el transcurso del tiempo haré revisiones, correcciones y agregados.

Mi concepción de lo que es el amor fue mutando con el tiempo. En la infancia, el amor era un inocente juego de miradas y sonrisas. No lo tenía muy racionalizado, era más que nada un sentimiento visceral: ese cosquilleo en la panza, la presión en el pecho, la cabeza que giraba. El amor era simple: una nena me gustaba porque me resultaba linda, porque me sonreía en los recreos o porque habíamos cruzado miradas alguna vez. No me hacía falta sentir que la poseía, ni siquiera hablar con ella. Con el sentimiento, platónico, me bastaba para ser feliz. Y debo confesar que tuve muy pocos de estos amores platónicos infantiles ya que me duraban años.

Al entrar a la secundaria, empecé a racionalizar lo que era el amor para mí. Eran épocas de mucha música romántica: Arjona, Lerner, Montaner, Sanz... Concebía el amor como el de las películas: trágico en su búsqueda y feliz en su encuentro, predestinado y eterno. Si bien, mantenía mucho del amor platónico de la infancia (la poca necesidad del objeto del deseo y los juegos de miradas y sonrisas), empezaba a entender que no todo era color de rosas ni inocente. Y tuve mis primeros desencantos amorosos. Pero seguí albergando la esperanza de encontrar a esa mujer, la destinada a compartir mi vida.

Fue en la universidad donde quemé naves y adopté una visión muy pesimista y extremadamente racional del amor. Basado en el Materialismo Histórico, la Psicología Social y la Sociología de los Campos, llegué a la concepción que poseo en la actualidad: el amor es una construcción social. ¿Qué quiero decir con esto? Que el amor no existe naturalmente, es un invento del hombre para hacer más soportable la necesidad básica del sexo. O en su defecto, para otorgarle cierta humanidad a la reproducción sexual. Pero cuidado, no digo que sea una mentira o un montaje. Es cierto que este invento, con el transcurso del tiempo, fue mutando, y terminó convirtiéndose en un sentimiento genuino y espontáneo como resultado de su difusión y reproducción social. La desmistificación del amor, predestinado y eterno, devenía en algo mecánico, transitorio, desesperanzador, oscuro y falto de magia. No había una mujer sino millones. El amor se convertía en una moneda en un mercado cualquiera.

Lamentablemente, llegar a esta conclusión no supuso la resolución de mi vida amorosa. Todo lo contrario, vino a complicarla más, ya que mientras criticaba "mis sentimientos", no podía evitar lo que sentía (y aun no puedo hacerlo).

Pero no está en mi naturaleza vivir en el pesimismo y la oscuridad, por lo que me permití una variación en esta concepción: la elección, una idea poderosa. Entonces, el amor recuperó su magia: uno puede elegir que el amor sea "eterno", que dure mientras uno vive sobre esta tierra, que una mujer entre millones sea "la mujer". No crean que soy ingenuo, es cierto que estas elecciones no son absolutamente racionales/objetivas, que hay mucho de visceral/subjetivo en la elección. Pero la elección nos da la esperanza de un amor permanente, esperanzador, brillante y mágico.

Y entre tanto pesimismo, yo todavía elijo amar.

jueves, 27 de mayo de 2010

Bicentenario made in Argentina

Fui feliz. Durante un fin de semana muy largo (por suerte) me sentí profundamente orgulloso de ser argentino.

Ya he escuchado muchas críticas por la Fiesta del Bicentenario. Que los argentinos* nos conformamos con poco, sólo una banderita y un sentimiento de pertenencia prefabricados. Que no se puede festejar cuando hay miles, millones con hambre en esta tierra. Que los argentinos nos acordamos de la bandera en las fechas patrias y en los partidos de la selección (que casualmente jugó este fin de semana). Que la Fiesta no fue federal y que se concentró en la ciudad capital de nuestro país. Que la Fiesta costó un montón de plata, etc, etc, etc...

Seguramente el oficialismo errará en su análisis y pensará que la Fiesta es una muestra del apoyo del pueblo a su gestión. Y por este mismo error, la oposición y los "grandes medios" le restarán importancia a la Fiesta, la bastardearán y la ningunearán. Y entonces, la disputa se concentrará en el número de personas que asistió, en la adjudicación partidista y en la despolitización de la fiesta. Cosas que, en realidad, no importan.

Y es que la Fiesta del Bicentenario fue, ni más ni menos, que una fiesta y hay que entenderla en ese sentido. Ni un gobierno, ni un partido, ni la oposición, ni los medios, ni una persona, ni una ciudad, ni una provincia (y me atrevería a decir que ni una nación) pueden adjudicarse la propiedad de una fiesta, de la alegría que pertenece a todo un pueblo. Simplemente, fue una celebración, un momento de alegría entre tantos dramas cotidianos (reales o ficticios). Y es que los argentinos nos merecíamos una Fiesta como ésta, quizás NO por mérito propio, o quizás porque nos hicieron pensar que no merecíamos nada bueno, sino porque vivimos en un país que varias veces se derrumbó... O lo derrumbaron. Y que ahora parece (o nos quieren hacer creer) que se está derrumbando.

La Fiesta del Bicentenario fue una fiesta democrática y popular. Fue todo aquello que parecía que habíamos perdido en la última dictadura. Fue todo aquello que los grupos más reaccionarios y apolillados (o quizás no tanto) de nuestra sociedad creían que habían hecho desaparecer. Fue la resurrección del pueblo, de la masa, de la ciudadanía, en la "plaza", en el espacio público, en la 9 de Julio. Fue la fiesta de la comunión y la pertenencia del pueblo argentino.

Si durante la semana la Presidenta se peleó con el Jefe de Gobierno porteño por la fiesta del Colón, no importa. Si ella bailó bien o mal al paso del desfile, tampoco. Si algunos políticos con pocos dedos de frente no entendieron las alegorías de las carrozas, no viene al caso. Si después se hicieron montajes pseudo-patrióticos de cuarta en los espacios privados de los canales de televisión, es intrascendente.

Lo importante es que el pueblo festejó libremente y fue feliz. Y con él, yo también.

* Con "argentinos" me refiero al habitante de esta hermosa tierra, tanto al nativo como al extrajero (sabiendo que, en realidad, todos somos extrajeros).

miércoles, 14 de abril de 2010

La suerte está echada...

Sufro de un gran defecto que, de alguna extraña manera, me hace feliz. Creo en el Destino.
Me reconforta la idea de que está todo escrito... Bah, no TODO está escrito. En realidad, mi idea del Destino es un tanto más flexible que la idea generalizada. No se trataría de un bloque de piedra escrito con fuego (y por lo tanto inmodificable), sino más bien como un árbol que va ramificándose de acuerdo a ciertas decisiones que tomamos. Me gusta esa metáfora.
Y es que mi Destino está escrito pero en forma de multiple-choice. Hay cosas que no podemos elegir, como el lugar y el tiempo en el que nacemos y el momento en el que nos vamos. Éstas y otras cosas sobre la que no podemos elegir, están escritas por el Destino. Después, están las elecciones propias y ajenas que le dan forma a nuestro Destino, a nuestra vida en fin.
Y ustedes se preguntarán, ¿qué puede tener de reconfortante esta idea de Destino? Simplemente, porque las ramas de mi metáfora (como las de cualquier árbol) llegan al cielo. Está bien, no me refiero al cielo como el paraíso cristiano, ni nada por el estilo. Me refiero al cielo como un lugar "mejor", como aquello a lo que estamos destinados a alcanzar y que, por lo tanto, debe ser la superación, el climáx, el punto más perfecto de nuestra existencia.
Es por eso que el Destino es brillante para mí. Y por eso creo en él.