Esta semana participé de una discusión con un grupo de amigos en una red social. Cómo comenzó y cómo terminó no me interesan en estos momentos, pero una frase dicha por una gran amiga (a la que quiero mucho y que, a pesar de estar escribiendo esto, no quiero que piense que cambia en algo el gran cariño que siento por ella) me entristeció mucho: "matar a la yegua".
En ese momento, si bien me impactó la triste frase, no le presté demasiada atención y continué discutiendo. Sin embargo, desde aquél momento la tengo dándome vueltas en la cabeza y ésta es una forma de expresar todo lo que pienso de la frase.
Primero, llamar "yegua" a la mujer elegida como Presidenta por la mayoría de los argentinos es terriblemente violento y degradante para el género femenino. No sólo nos representa como argentinos, como consecuencia del sistema democrático republicano de representatividad, sino que representa a la mujer argentina y la posibilidad de liderazgo femenino en nuestro país. Reducir a la Presidenta al papel de simple títere de su marido, de "yegua", de "vieja puta" (o "puta" como también le decían a Eva Perón casualmente) con sus vestidos y carteras caras, y sus operaciones estéticas y sus implantes de botox, es negarle a cualquier mujer la igualdad frente a los hombres. Es pensar de acuerdo al machismo imperante que restringe a las mujeres al espacio privado de las tareas domésticas, de la familia; porque en el momento en el que ocupan la escena pública se transforman en mujeres públicas, en "putas", en "yeguas". O es pretender que la mujer pública se masculinice, deje de ser y sentirse mujer, deje de usar vestidos y carteras, deje el botox y las cirugías, y se convierta en un hombre porque "sólo ellos pueden hacerse cargo el poder".
Uno puede entender esas palabras de un hombre, atrapado en un machismo "inherente", pero escucharlo de una mujer es doblemente degradante y violento: para quien se refiere y para ella misma.
Segundo, "matar a la yegua" representa para mí lo más reaccionario e intolerante de la sociedad argentina. Todo aquello que yo había pensado que había quedado atrás, en el pasado, en la última dictadura, pero que tristemente sobrevive. Alguna vez me he definido como kirchnerista, no por acompañar y defender irracionalmente a la pareja presidencial, sino porque mis convicciones suelen coincidir con las políticas propuestas por el actual y el anterior gobierno de los Kirchner. Puedo entender (y comprender, en cierto sentido) a aquellas personas que están enfrentadas política o ideológicamente al actual gobierno y su gestión. O de aquellas personas que no están para nada contentas (y quién podría estarlo???) con los negocios que supuestamente hacen los Kirchner y su entorno con la cosa pública. Hasta puedo entender cierto odio pasional de ciertos grupos sociales que ven limitados sus privilegios por ciertas políticas de gobierno. Lo que no puedo entender es que, en nombre de esa diferencia política-ideológica, de la corrupción, de ese odio ciego, se haga tan livianamente una apología de Golpe de Estado.
Menos en nuestro país, donde la democracia nos ha costado mucho. Nos ha costado la entrega de nuestras riquezas al peor postor. Nos ha costado el terror y la eliminación de los lazos de solidaridad por la actual y tan propia indiferencia argentina. Pero, por sobre todo, nos ha costado 30.000 vidas, toda una generación de jóvenes que, de una forma u otra, dieron su vida para que nosotros vivamos en democracia. Es por ellos que no puedo dejar pasar frases tan tristes como "matar a la yegua", como "por menos derrocaron a De La Rúa", o la tristemente célebre "con los militares estábamos mejor".
Y es por ellos y por sus vidas que debemos defender la democracia, mas allá de nuestras diferencias políticas, ideológicas o emocionales.
jueves, 29 de julio de 2010
domingo, 13 de junio de 2010
Ensayo sobre el amor Nº 1
Éste quizás sea un acto de invocación...
Mi concepción de lo que es el amor fue mutando con el tiempo. En la infancia, el amor era un inocente juego de miradas y sonrisas. No lo tenía muy racionalizado, era más que nada un sentimiento visceral: ese cosquilleo en la panza, la presión en el pecho, la cabeza que giraba. El amor era simple: una nena me gustaba porque me resultaba linda, porque me sonreía en los recreos o porque habíamos cruzado miradas alguna vez. No me hacía falta sentir que la poseía, ni siquiera hablar con ella. Con el sentimiento, platónico, me bastaba para ser feliz. Y debo confesar que tuve muy pocos de estos amores platónicos infantiles ya que me duraban años.
Al entrar a la secundaria, empecé a racionalizar lo que era el amor para mí. Eran épocas de mucha música romántica: Arjona, Lerner, Montaner, Sanz... Concebía el amor como el de las películas: trágico en su búsqueda y feliz en su encuentro, predestinado y eterno. Si bien, mantenía mucho del amor platónico de la infancia (la poca necesidad del objeto del deseo y los juegos de miradas y sonrisas), empezaba a entender que no todo era color de rosas ni inocente. Y tuve mis primeros desencantos amorosos. Pero seguí albergando la esperanza de encontrar a esa mujer, la destinada a compartir mi vida.
Fue en la universidad donde quemé naves y adopté una visión muy pesimista y extremadamente racional del amor. Basado en el Materialismo Histórico, la Psicología Social y la Sociología de los Campos, llegué a la concepción que poseo en la actualidad: el amor es una construcción social. ¿Qué quiero decir con esto? Que el amor no existe naturalmente, es un invento del hombre para hacer más soportable la necesidad básica del sexo. O en su defecto, para otorgarle cierta humanidad a la reproducción sexual. Pero cuidado, no digo que sea una mentira o un montaje. Es cierto que este invento, con el transcurso del tiempo, fue mutando, y terminó convirtiéndose en un sentimiento genuino y espontáneo como resultado de su difusión y reproducción social. La desmistificación del amor, predestinado y eterno, devenía en algo mecánico, transitorio, desesperanzador, oscuro y falto de magia. No había una mujer sino millones. El amor se convertía en una moneda en un mercado cualquiera.
Lamentablemente, llegar a esta conclusión no supuso la resolución de mi vida amorosa. Todo lo contrario, vino a complicarla más, ya que mientras criticaba "mis sentimientos", no podía evitar lo que sentía (y aun no puedo hacerlo).
Pero no está en mi naturaleza vivir en el pesimismo y la oscuridad, por lo que me permití una variación en esta concepción: la elección, una idea poderosa. Entonces, el amor recuperó su magia: uno puede elegir que el amor sea "eterno", que dure mientras uno vive sobre esta tierra, que una mujer entre millones sea "la mujer". No crean que soy ingenuo, es cierto que estas elecciones no son absolutamente racionales/objetivas, que hay mucho de visceral/subjetivo en la elección. Pero la elección nos da la esperanza de un amor permanente, esperanzador, brillante y mágico.
Y entre tanto pesimismo, yo todavía elijo amar.
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jueves, 27 de mayo de 2010
Bicentenario made in Argentina
Fui feliz. Durante un fin de semana muy largo (por suerte) me sentí profundamente orgulloso de ser argentino.
Ya he escuchado muchas críticas por la Fiesta del Bicentenario. Que los argentinos* nos conformamos con poco, sólo una banderita y un sentimiento de pertenencia prefabricados. Que no se puede festejar cuando hay miles, millones con hambre en esta tierra. Que los argentinos nos acordamos de la bandera en las fechas patrias y en los partidos de la selección (que casualmente jugó este fin de semana). Que la Fiesta no fue federal y que se concentró en la ciudad capital de nuestro país. Que la Fiesta costó un montón de plata, etc, etc, etc...
Seguramente el oficialismo errará en su análisis y pensará que la Fiesta es una muestra del apoyo del pueblo a su gestión. Y por este mismo error, la oposición y los "grandes medios" le restarán importancia a la Fiesta, la bastardearán y la ningunearán. Y entonces, la disputa se concentrará en el número de personas que asistió, en la adjudicación partidista y en la despolitización de la fiesta. Cosas que, en realidad, no importan.
Y es que la Fiesta del Bicentenario fue, ni más ni menos, que una fiesta y hay que entenderla en ese sentido. Ni un gobierno, ni un partido, ni la oposición, ni los medios, ni una persona, ni una ciudad, ni una provincia (y me atrevería a decir que ni una nación) pueden adjudicarse la propiedad de una fiesta, de la alegría que pertenece a todo un pueblo. Simplemente, fue una celebración, un momento de alegría entre tantos dramas cotidianos (reales o ficticios). Y es que los argentinos nos merecíamos una Fiesta como ésta, quizás NO por mérito propio, o quizás porque nos hicieron pensar que no merecíamos nada bueno, sino porque vivimos en un país que varias veces se derrumbó... O lo derrumbaron. Y que ahora parece (o nos quieren hacer creer) que se está derrumbando.
La Fiesta del Bicentenario fue una fiesta democrática y popular. Fue todo aquello que parecía que habíamos perdido en la última dictadura. Fue todo aquello que los grupos más reaccionarios y apolillados (o quizás no tanto) de nuestra sociedad creían que habían hecho desaparecer. Fue la resurrección del pueblo, de la masa, de la ciudadanía, en la "plaza", en el espacio público, en la 9 de Julio. Fue la fiesta de la comunión y la pertenencia del pueblo argentino.
Si durante la semana la Presidenta se peleó con el Jefe de Gobierno porteño por la fiesta del Colón, no importa. Si ella bailó bien o mal al paso del desfile, tampoco. Si algunos políticos con pocos dedos de frente no entendieron las alegorías de las carrozas, no viene al caso. Si después se hicieron montajes pseudo-patrióticos de cuarta en los espacios privados de los canales de televisión, es intrascendente.
Lo importante es que el pueblo festejó libremente y fue feliz. Y con él, yo también.
* Con "argentinos" me refiero al habitante de esta hermosa tierra, tanto al nativo como al extrajero (sabiendo que, en realidad, todos somos extrajeros).
Ya he escuchado muchas críticas por la Fiesta del Bicentenario. Que los argentinos* nos conformamos con poco, sólo una banderita y un sentimiento de pertenencia prefabricados. Que no se puede festejar cuando hay miles, millones con hambre en esta tierra. Que los argentinos nos acordamos de la bandera en las fechas patrias y en los partidos de la selección (que casualmente jugó este fin de semana). Que la Fiesta no fue federal y que se concentró en la ciudad capital de nuestro país. Que la Fiesta costó un montón de plata, etc, etc, etc...
Seguramente el oficialismo errará en su análisis y pensará que la Fiesta es una muestra del apoyo del pueblo a su gestión. Y por este mismo error, la oposición y los "grandes medios" le restarán importancia a la Fiesta, la bastardearán y la ningunearán. Y entonces, la disputa se concentrará en el número de personas que asistió, en la adjudicación partidista y en la despolitización de la fiesta. Cosas que, en realidad, no importan.
Y es que la Fiesta del Bicentenario fue, ni más ni menos, que una fiesta y hay que entenderla en ese sentido. Ni un gobierno, ni un partido, ni la oposición, ni los medios, ni una persona, ni una ciudad, ni una provincia (y me atrevería a decir que ni una nación) pueden adjudicarse la propiedad de una fiesta, de la alegría que pertenece a todo un pueblo. Simplemente, fue una celebración, un momento de alegría entre tantos dramas cotidianos (reales o ficticios). Y es que los argentinos nos merecíamos una Fiesta como ésta, quizás NO por mérito propio, o quizás porque nos hicieron pensar que no merecíamos nada bueno, sino porque vivimos en un país que varias veces se derrumbó... O lo derrumbaron. Y que ahora parece (o nos quieren hacer creer) que se está derrumbando.
La Fiesta del Bicentenario fue una fiesta democrática y popular. Fue todo aquello que parecía que habíamos perdido en la última dictadura. Fue todo aquello que los grupos más reaccionarios y apolillados (o quizás no tanto) de nuestra sociedad creían que habían hecho desaparecer. Fue la resurrección del pueblo, de la masa, de la ciudadanía, en la "plaza", en el espacio público, en la 9 de Julio. Fue la fiesta de la comunión y la pertenencia del pueblo argentino.
Si durante la semana la Presidenta se peleó con el Jefe de Gobierno porteño por la fiesta del Colón, no importa. Si ella bailó bien o mal al paso del desfile, tampoco. Si algunos políticos con pocos dedos de frente no entendieron las alegorías de las carrozas, no viene al caso. Si después se hicieron montajes pseudo-patrióticos de cuarta en los espacios privados de los canales de televisión, es intrascendente.
Lo importante es que el pueblo festejó libremente y fue feliz. Y con él, yo también.
* Con "argentinos" me refiero al habitante de esta hermosa tierra, tanto al nativo como al extrajero (sabiendo que, en realidad, todos somos extrajeros).
miércoles, 14 de abril de 2010
La suerte está echada...
Sufro de un gran defecto que, de alguna extraña manera, me hace feliz. Creo en el Destino.
Me reconforta la idea de que está todo escrito... Bah, no TODO está escrito. En realidad, mi idea del Destino es un tanto más flexible que la idea generalizada. No se trataría de un bloque de piedra escrito con fuego (y por lo tanto inmodificable), sino más bien como un árbol que va ramificándose de acuerdo a ciertas decisiones que tomamos. Me gusta esa metáfora.
Y es que mi Destino está escrito pero en forma de multiple-choice. Hay cosas que no podemos elegir, como el lugar y el tiempo en el que nacemos y el momento en el que nos vamos. Éstas y otras cosas sobre la que no podemos elegir, están escritas por el Destino. Después, están las elecciones propias y ajenas que le dan forma a nuestro Destino, a nuestra vida en fin.
Y ustedes se preguntarán, ¿qué puede tener de reconfortante esta idea de Destino? Simplemente, porque las ramas de mi metáfora (como las de cualquier árbol) llegan al cielo. Está bien, no me refiero al cielo como el paraíso cristiano, ni nada por el estilo. Me refiero al cielo como un lugar "mejor", como aquello a lo que estamos destinados a alcanzar y que, por lo tanto, debe ser la superación, el climáx, el punto más perfecto de nuestra existencia.
Es por eso que el Destino es brillante para mí. Y por eso creo en él.
Me reconforta la idea de que está todo escrito... Bah, no TODO está escrito. En realidad, mi idea del Destino es un tanto más flexible que la idea generalizada. No se trataría de un bloque de piedra escrito con fuego (y por lo tanto inmodificable), sino más bien como un árbol que va ramificándose de acuerdo a ciertas decisiones que tomamos. Me gusta esa metáfora.
Y es que mi Destino está escrito pero en forma de multiple-choice. Hay cosas que no podemos elegir, como el lugar y el tiempo en el que nacemos y el momento en el que nos vamos. Éstas y otras cosas sobre la que no podemos elegir, están escritas por el Destino. Después, están las elecciones propias y ajenas que le dan forma a nuestro Destino, a nuestra vida en fin.
Y ustedes se preguntarán, ¿qué puede tener de reconfortante esta idea de Destino? Simplemente, porque las ramas de mi metáfora (como las de cualquier árbol) llegan al cielo. Está bien, no me refiero al cielo como el paraíso cristiano, ni nada por el estilo. Me refiero al cielo como un lugar "mejor", como aquello a lo que estamos destinados a alcanzar y que, por lo tanto, debe ser la superación, el climáx, el punto más perfecto de nuestra existencia.
Es por eso que el Destino es brillante para mí. Y por eso creo en él.
domingo, 11 de abril de 2010
La presentación de la persona en la vida cotidiana
Alguna vez leí a Erving Goffman. No recuerdo muy bien para qué, ni qué era lo que el tipo intentaba explicar. Lo único que me quedó de este autor es la idea de que interpretamos papeles en nuestra vida cotidiana. Y me pareció (y me sigue pareciendo) terriblemente cierto.
Uno no es uno mismo todo el tiempo. Interpretamos infinidad de papeles o roles, tantos como vínculos sociales tenemos. Con nuestros padres somos los hijos que ellos tanto desean o todo lo contrario. Con nuestras parejas somos (o deseamos ser) todo lo que ellas quieren. Con nuestros amigos somos aquellas personas que los hacen reír y les dan un consejo cuando lo necesitan. En nuestros trabajos, con nuestros superiores tratamos de ser eficaces y sobresalientes...
Pero el papel más interesante que uno interpreta se presenta cuando uno está solo con uno mismo. Y es que quizás, este es el único momento en el que no interpretamos ningun papel sino que somos realmente lo que somos, plenamente. Porque, si bien nuestros alter-egos siempre están juzgándonos y/o justificándonos, no nos guardamos nada para con nosotros mismos. Todo aquello que ocultamos a nuestros vínculos sociales, por miedo a la exposición y/o al rechazo, lo disfrutamos en la segura intimidad de nuestras cabezas: nuestras ideas, nuestros sentimientos, nuestras fantasías, nuestros miedos, nuestros odios, nuestros amores...
Y creo que es aquélla persona íntima e inalcanzable la que se disuelve, se ramifica y se proyecta en cada uno de los papeles que interpretamos frente y para a los otros. Porque compartimos nuestros miedos con ciertas personas, no con todas. Lo mismo sucede con nuestros odios y amores.
Y porque estoy seguro que el que escribe esto no soy yo plenamente, ni aquello que estoy escribiendo está dirigido a todo el mundo. Si no a vos.
Uno no es uno mismo todo el tiempo. Interpretamos infinidad de papeles o roles, tantos como vínculos sociales tenemos. Con nuestros padres somos los hijos que ellos tanto desean o todo lo contrario. Con nuestras parejas somos (o deseamos ser) todo lo que ellas quieren. Con nuestros amigos somos aquellas personas que los hacen reír y les dan un consejo cuando lo necesitan. En nuestros trabajos, con nuestros superiores tratamos de ser eficaces y sobresalientes...
Pero el papel más interesante que uno interpreta se presenta cuando uno está solo con uno mismo. Y es que quizás, este es el único momento en el que no interpretamos ningun papel sino que somos realmente lo que somos, plenamente. Porque, si bien nuestros alter-egos siempre están juzgándonos y/o justificándonos, no nos guardamos nada para con nosotros mismos. Todo aquello que ocultamos a nuestros vínculos sociales, por miedo a la exposición y/o al rechazo, lo disfrutamos en la segura intimidad de nuestras cabezas: nuestras ideas, nuestros sentimientos, nuestras fantasías, nuestros miedos, nuestros odios, nuestros amores...
Y creo que es aquélla persona íntima e inalcanzable la que se disuelve, se ramifica y se proyecta en cada uno de los papeles que interpretamos frente y para a los otros. Porque compartimos nuestros miedos con ciertas personas, no con todas. Lo mismo sucede con nuestros odios y amores.
Y porque estoy seguro que el que escribe esto no soy yo plenamente, ni aquello que estoy escribiendo está dirigido a todo el mundo. Si no a vos.
jueves, 1 de abril de 2010
El Tiempo
Hubo un tiempo en que (no, no voy a seguir con la letra de la canción) andaba en busca de "algo" en que creer. Mi religión no me satisfacía espiritualmente hablando. Lo siento por los que creen, pero la devoción por figuras de yeso y la absoluta falta de cuestionamientos al gran bestseller de la historia de la humanidad, la Biblia, iban en contra de mis incipientes y rebeldes pensamientos.
La cuestión es que siempre creí en un ente superior, algo que se nos escapa de nuestras minúsculas e intrascendentes vidas, quizás por la humana necesidad de culpar a alguien por las propias desgracias en el destino. Mi idea de Dios, es algo inmenso, infinito, eterno, omnipresente, pero no bueno como lo describen las religiones, si no indiferente con todo lo que existe. El gran creador y destructor de todo lo que puede existir.
Por mis constantes guiños con las grandes ciencias, las ciencias duras y exactas, caí en la cuenta que el Tiempo respondía a todas las caraterísticas de mi idea de Dios. Está bien, muchos cerebritos me dirán "pero si el tiempo y el espacio son dos caras de una misma moneda" y tienen razón. Pero hay algo en mis reflexiones que me llevan a pensar que, si bien ambos son lo mismo, el Tiempo es anterior al Espacio y seguirá existiendo aun cuando el segundo desaparezca.
Dejando de lado la física básica y volviendo al Tiempo, éste lograba representar todo lo que yo quería en un Dios. Existe por lo menos desde el inicio del universo y se irá con él o quizás después de él. Está en todos lados y aun cuando no lo veamos, sentimos su presencia. Los relojes son para mí las cruces de los cristianos. Es el creador y destructor de todo lo que ha visto la humanidad y todo ser en este universo. Y además, es exquisitamente indiferente. El Tiempo corre y no le importa si es que lo acompañamos o nos quedamos en el camino. Él corre.
Por último, hay una frase que me gusta utilizar en tiempos contradictorios: "el Tiempo dirá la verdad"... y la dirá porque Dios es la única verdad.
La cuestión es que siempre creí en un ente superior, algo que se nos escapa de nuestras minúsculas e intrascendentes vidas, quizás por la humana necesidad de culpar a alguien por las propias desgracias en el destino. Mi idea de Dios, es algo inmenso, infinito, eterno, omnipresente, pero no bueno como lo describen las religiones, si no indiferente con todo lo que existe. El gran creador y destructor de todo lo que puede existir.
Por mis constantes guiños con las grandes ciencias, las ciencias duras y exactas, caí en la cuenta que el Tiempo respondía a todas las caraterísticas de mi idea de Dios. Está bien, muchos cerebritos me dirán "pero si el tiempo y el espacio son dos caras de una misma moneda" y tienen razón. Pero hay algo en mis reflexiones que me llevan a pensar que, si bien ambos son lo mismo, el Tiempo es anterior al Espacio y seguirá existiendo aun cuando el segundo desaparezca.
Dejando de lado la física básica y volviendo al Tiempo, éste lograba representar todo lo que yo quería en un Dios. Existe por lo menos desde el inicio del universo y se irá con él o quizás después de él. Está en todos lados y aun cuando no lo veamos, sentimos su presencia. Los relojes son para mí las cruces de los cristianos. Es el creador y destructor de todo lo que ha visto la humanidad y todo ser en este universo. Y además, es exquisitamente indiferente. El Tiempo corre y no le importa si es que lo acompañamos o nos quedamos en el camino. Él corre.
Por último, hay una frase que me gusta utilizar en tiempos contradictorios: "el Tiempo dirá la verdad"... y la dirá porque Dios es la única verdad.
Manifiesto optimista de la intrascendente existencia
Mi vida, como supongo la de ustedes, se rige por una serie de principios básicos.
Una de ellos es el que me permite ser optimista en todo momento: "No soy nada y nada importo. Si hoy dejo de existir, el universo será el mismo".
Antes de seguir, debo admitir que poseo el grave defecto y la gran virtud de poseer solamente una perspectiva muy amplia, muy global, casi universal. Las pequeñas cosas me hacen feliz y me divierten, pero suelo ver al mundo con los ojos de la totalidad de la existencia. Y seamos sinceros, nuestro pequeño planeta no importa en la infinitud de nuestro universo.
Bueno, basado en esta perspectiva total, mi principio que puede sonar nefasto y pesimista (e inclusive puede llegar a funcionar de esa manera), es todo lo contrario. No importamos. Si morimos hoy, no cambia nada, todo sigue igual. Si hoy me cae un piano en la cabeza, mañana me llorarán mis familiares y amigos (quizás) pero en el contexto de mi ciudad y/o provincia apenas habré transitado por la vida de un grupo de gente. Ni pensarlo a nivel nacional, internacional... universal. Ninguna estrella estallará por mi muerte.
Si no somos nada, nuestras acciones tampoco cambiarán el destino del universo... Entonces, porqué no hacer lo que tenemos ganas? porqué no ser lo que queremos? por el "qué dirán"? Si esas personas que hablan de nosotros en 100 años no importarán! Ni nosotros ni lo que habremos hecho!
Por eso, si al universo no le importo, a mí sí. Yo soy mi universo y a mí (y sólo a mí) le debe importar lo que hago. Y es por eso que voy a hacer todo lo que quiera, sienta y piensa hasta que mi universo se extinga.
Y lo voy a hacer porque el universo seguirá siendo el mismo.
Una de ellos es el que me permite ser optimista en todo momento: "No soy nada y nada importo. Si hoy dejo de existir, el universo será el mismo".
Antes de seguir, debo admitir que poseo el grave defecto y la gran virtud de poseer solamente una perspectiva muy amplia, muy global, casi universal. Las pequeñas cosas me hacen feliz y me divierten, pero suelo ver al mundo con los ojos de la totalidad de la existencia. Y seamos sinceros, nuestro pequeño planeta no importa en la infinitud de nuestro universo.
Bueno, basado en esta perspectiva total, mi principio que puede sonar nefasto y pesimista (e inclusive puede llegar a funcionar de esa manera), es todo lo contrario. No importamos. Si morimos hoy, no cambia nada, todo sigue igual. Si hoy me cae un piano en la cabeza, mañana me llorarán mis familiares y amigos (quizás) pero en el contexto de mi ciudad y/o provincia apenas habré transitado por la vida de un grupo de gente. Ni pensarlo a nivel nacional, internacional... universal. Ninguna estrella estallará por mi muerte.
Si no somos nada, nuestras acciones tampoco cambiarán el destino del universo... Entonces, porqué no hacer lo que tenemos ganas? porqué no ser lo que queremos? por el "qué dirán"? Si esas personas que hablan de nosotros en 100 años no importarán! Ni nosotros ni lo que habremos hecho!
Por eso, si al universo no le importo, a mí sí. Yo soy mi universo y a mí (y sólo a mí) le debe importar lo que hago. Y es por eso que voy a hacer todo lo que quiera, sienta y piensa hasta que mi universo se extinga.
Y lo voy a hacer porque el universo seguirá siendo el mismo.
jueves, 10 de diciembre de 2009
Bienvenidos al refugio!
En este lugar guardaré todas mis pasiones y miedos a la espera del gran final. ¿Cómo será? ¿Herviremos en la gran olla del calentamiento global? ¿Nos undiremos bajo las crecientes de las pesadas lluvias? ¿Moriremos de sed? ¿Nuestros cerebros explotarán de ver El Musical de tus Sueños? ¿O nos convertiremos en muertos vivientes bajo la influencia de Intrusos en el espectáculo? Sólo Dios sabe...
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